Cine·Críticas de Películas

Crítica de ‘La Muerte de Luis XIV’ de Albert Serra

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Señores, la próxima vez lo haremos mejor

Por fin se estrena la última película de Albert Serra (Honor de Cavallería, El Cant dels Ocells) y lo hace además en salas comerciales. Qué privilegio tenemos que la adormecida industria, que relega a artistas reconocidos en festivales de medio mundo, se haya dado cuenta del talento de este autor.

Algo que viene rápidamente a la cabeza con La Muerte de Luis XIV es por qué en España no se hace más cine de época, con lo demostrado que queda, qué menos es más y que no hace falta un gran presupuesto para resultar veraz.  La película narra los últimos y agonizantes momentos del rey francés en Versalles y como otras veces Serra, lo hace jugando con la historia y el mito. Qué sucedió realmente, qué se ha contado y cómo se enfrenta con la cruda realidad.

El tono con el que se disecciona al Rey Sol alcanza lo grotesco y el patetismo de un ser que se cree indispensable y superior a los demás y lo hace apoyado en las miradas de sus lacayos, que oscilan entre la compasión, la sumisión y el odio.

Jean Pierre-Léaud, actor francés conocido por su trabajo con Francois Truffaut (Los 400 Golpes, La Noche Americana) encarna perfectamente el fin de una época. Y tiene en la parte final un precioso plano en el que se dirige directamente a cámara con una mezcla de soberbia, miedo y dolor mientras entra la música por primera vez en la película.

Hay una frase en el guión que resume el destino de la monarquía europea y la política mundial con más acierto que todos los tertulianos y medios de comunicación de masas que nos adormecen el cerebro. Y lo hace resultando devastadoramente certera.

“Señores, la próxima vez lo haremos mejor”

No hace falta decir mucho más sobre el trasfondo político del guión, como por otra parte también tienen otras películas de Serra (no hace falta ser Ken Loach para hablar de la sociedad y sus problemas), pero si de la magnífica puesta en escena y fotografía. Jonathan Ricquebourg ilumina las estancias del palacio recordando a como lo hiciera Kubrick con su mitiquérrima Barry Lyndon. En penumbra, acercándose en algunos planos a cuadros de grandes pintores de la época y disponiendo a los personajes (médicos, sirvientes y consejeros) milimétricamente.

Qué buena noticia sería que cineastas como él, Isaki Lacuesta, José Luis Guerín o incluso Victor Erice tuvieran el reconocimiento que se merecen. Y si de paso estrenan de vez en cuando mucho mejor.

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