Cine·Críticas de Películas

Crítica de ‘Una historia de locos’ de Robert Guédiguian

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Cine político sin lecciones, ni panfletos simplistas

Se nota que para Robert Guédiguian Una historia de locos (que nombre más poco afortunado, por cierto) es algo personal. Aunque todos sus trabajos (La ciudad está tranquila, Marius y Jeannette, Las nieves del Kilimanjaro etc.) lo sean – no se reconoce al marsellés por ser un director particularmente frío.

En el arranque se toma su tiempo y con calma, plantea la historia con un prólogo, aunque su duración le otorga otra categoría distinta a una simple presentación. En un pulcro blanco y negro establece y refresca la memoria sobre el pasado (eso que tantas veces se echa en cara de ser demasiado explicativa), por desgracia aquí es necesario. Cuánto necesitamos comprender de la historia europea (el conflicto del genocidio armenio no es desde luego una excepción) para no repetir errores.

Un atentado en Alemania, donde se dispara a bocajarro al embajador turco y el posterior juicio al asesino nos dejan con la sensación de estar ante una peli de juicios. Pero la acción se traslada varios años y generaciones después. En Marsella una familia integrada en la sociedad, tiene todavía que luchar contra la incomprensión y el olvido de la historia de su pueblo. Las jóvenes generaciones cogen el relevo de sus abuelos y el más joven (Aram) de una familia dueña de un ultramarinos, comete un atentado en el que un inocente sale malherido.

A partir de ahí la historia se divide, puede que demasiado -demasiados focos de atención, incluso un atisbo de historia de amor-. El joven armenio huye y se integra en un comando en Siria, mientras el afectado en el atentado intenta rehacer su vida y recuperar la movilidad en las piernas. La madre de Aram intenta conocer a la víctima y hacerle entender. Qué necesarias son las personas como el personaje interpretado por la gran Ariane Ascaride (habitual colaboradora del director), que con amor, diálogo y comprensión pone en contacto todas las partes. Y también como el francés que casi muere por culpa de su hijo y que, aún así, tiene la intención de conocer, incluso integrándose y respetando sus costumbres.

Tengo mis dudas que un público mayoritario en España vaya a empatizar con la lucha del joven armenio – más si cabe cuando en una escena se ve como recibe explosivos de ETA-. Según pasan los años los conflictos empiezan a perder parte de su sentido, pero a la vez adquieren uno más profundo. Cuánto se parecen todos los olvidados del mundo, cuánto nos duelen nuestros antepasados muertos y enterrados en cunetas y qué difícil es el olvido cuando sólo está obligado a hacerlo el bando perdedor.

La intención de Guédiguian es complicada. No toma partido claramente por ningún bando e intenta explicar razones y propone, eso si, una única salida. El conocimiento, la empatía y el amor puede que haga que los extremos se toquen. O tal vez no, el odio acecha a la vuelta de la esquina.

 

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