Cine·Críticas de Películas

Crítica de ‘La chica desconocida’ de los hermanos Dardenne

La chica desconocida podría ser cualquiera

Los hermanos Dardenne son de esos directores que hacen de su carrera casi un único trabajo -en un tono completamente distinto, Woody Allen podría hacer algo semejante-. Gracias a una personalidad infranqueable van profundizando sobre los mismos temas y de forma parecida, con alguna variante en cada guión. Pero siempre resultando incisivos, con gran sensibilidad y dotando a sus personajes de una gran dignidad (por ejemplo y sin ir más lejos el maravilloso final protagonizado por el personaje de Marion Cotillard de su anterior película Dos días, una noche).

Su filmografía es de las más sólidas de la actualidad (El niño, El hijo, Rosetta) y son habituales de festivales, sobre todo de Cannes, siempre atentos a sus historias. El hilo argumental del que tiran en esta ocasión para hablar de “sus cosas” tiene como foco de atención a una joven doctora  -son de los directores que hacen mejores papeles femeninos en el cine actual- que atiende en una pequeña consulta de barrio. Enseguida la vemos como su eficiencia ralla con un exceso de celo -su vida personal no importa y no se muestra en pantalla-, que hace que trate a su novato ayudante con superioridad. Precisamente por no dar su brazo a torcer ante él, no abre la puerta cuando llaman fuera del horario y el becario iba a hacerlo sin pensarlo.

Ninguno de los dos podía pensar en las consecuencias de tal decisión. Una chica aparece muerta y resulta ser la persona a la que no abrieron cuando acudía en busca de ayuda.

La pareja de directores belga sigue con su habitual tono realista pero aunque coquetean con el thriller y el suspense, la película tiene algo menos de garra que sus trabajos más inspirados. En lo que si que siguen siendo unos maestros es en las preguntas y reflexiones éticas y en la radiografía de la sociedad.

Los remordimientos hacen a Jenny rechazar un puesto en una clínica privada y quedarse “en herencia” la pequeña consulta -a la que traslada su vivienda- para poder investigar quién era esa chica y qué pudo pasar. Nada se interpone ante ella, ni siquiera el peligro que enseguida parece correr. Sigue visitando pacientes, sin importar la  hora, mientras va descubriendo un mundo lleno de turbiedades. Trata de blancas, violencia, prostitución, en la que el común denominador de la explotación a la mujer te hiela la sangre. Sin decir más de la cuenta (que no queremos estropear la película), hay dos momentos clave: uno en el que un personaje se cree con derecho a hacer lo que quiera a una mujer simplemente porque la pagaba. O la estremecedora confesión de la hermana de la víctima.

Todo cambia en ella pero nada lo hace, hay que recordar que antes de los hechos que desencadenan la acción asistimos a una escena en la que visita un enfermo y este le da una bonita sorpresa para agradecerle su esfuerzo. Jenny va a seguir adelante, haciendo vida en su barrio (del que tal vez no sea tan fácil escapar), con la gente  a la que puede ayudar, por fin se ha dado cuenta cual es su sitio.

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