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El Olivo – Icíar Bollaín

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Más vale ciento volando

Alma, una chica de 20 años, tiene una especial relación con su abuelo, que ha dejado de hablar, sumido en una depresión desde que sus hijos vendieran el Olivo que acompañaba a la familia durante generaciones. Lo único que se le ocurre para ayudar al “yayo”, como ella le llama, es traer de vuelta ese árbol milenario. Embarcándose para ello en un viaje, destinado al fracaso, junto con su tío y un amigo (los únicos que creen en ella).

El guión de Paul Laverty está lleno de sensibilidad en la relación de nieta y abuelo. Los diversos flashbacks que recuerdan como ambos compartían juegos alrededor del árbol, vendido con la crisis financiera de fondo a una gran empresa, emociona hasta hacer saltar las lágrimas.

El respeto a la naturaleza tiene un tratamiento difícil de ver en el cine. Es nuestra historia y parte de nosotros, y si no lo defendemos, pronto no nos quedará nada.

El Olivo es también la constatación que se puede hacer cine político sin hacer un panfleto adoctrinante. Jefes autoritarios, negocios cerrados, familias separadas por la crisis, aparecen encarnados en primera persona en el personaje de Javier Gutierrez (La Isla Mínima, El Desconocido), que hace una fantástica interpretación una vez más. Lo define muy bien su personaje con una frase:

Estoy cansado de que todo el mundo me vea cara de gilipollas.

Anna Castillo consigue hace creíble y adorable un personaje, que de idealista, podría haber resultado ingenuo. Pero su frescura consigue convencer a su tío y a su compañero de trabajo y de paso a todos nosotros.

Dos amigas, también entregadas a la causa, le preguntan cómo piensa llegar hasta Alemania y convencer a los directivos de la empresa en cuya sede se encuentra el olivo. Ella sin quererlo y con una enorme sencillez, da una lección de vida:

A veces en la vida hay que lanzarse. Ya me irá ayudando la gente por el camino.

Si acaso algo parece demasiado en el viaje de Alma, es la relación vía internet con una grupo de alemanas que consiguen que gente en Dusseldorf acuda en manifestación a secundar su protesta. Puede que haya gente que le parezca una exposición demasiado bienintencionada. Pero ¿y si fuera ya el momento de no despreciar los buenos sentimientos y la valentía?; de abandonar el pesimismo y la derrota y lanzarse a luchar en lo que creemos.

Un claro referente del cine de Icíar es Ken Loach, no en vano Laverty es también guionista de algunas de sus mejores películas, Mi Nombre es Joe Sweet Sixteen. Aunque yo veo también algo del humanismo de los hermanos Dardenne de por ejemplo Dos Días, Una Noche.

El final, del que no comentaremos mucho, para no desvelar lo que no se debe, termina con otra gran frase extrapolable ampliamente fuera de la película:

A ver si los próximos dos mil años lo hacemos un poquito mejor

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