Cine·Críticas de Películas

Crítica de ‘El otro lado de la esperanza’ de Aki Kaurismaki

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Hay esperanza, pero sólo si avanzamos juntos

El comienzo de El otro lado de la esperanza es un auténtico prodigio de narración de un cineasta en plenitud. Sólo una escena, la de los 15 minutos iniciales, basta para reconocer su estilo y personalidad. Un hombre se está vistiendo y haciendo una maleta, mientras asistimos a planos detalle de objetos cotidianos o que tienen un papel decisivo en la acción. Se enfrenta a su esposa, que está dispuesta en un plano made in Kaurismäki, se quita el anillo de bodas e intercambian un par de gestos esclarecedores. El se marcha y ella coge el anillo para meterlo en un cenicero lleno de colillas. Silencios, humor socarrón y fotografía colorista obra de su habitual colaborador Timo Salminen, ya estamos atrapados.

El encuentro de ese hombre que está empeñado en montar un negocio ruinoso tras otro y un inmigrante sirio será el eje de la acción y estará lleno de sensibilidad, humanidad y sentimiento de comunidad. La gente buena son más y pueden ganar, pero sólo si actúan conjuntamente.

Oso de plata en el Festival de Berlín de 2017, sólo un momento a mitad de metraje hacen a la última película del finlandés, estar un poco por debajo de sus mejores trabajos como Un hombre sin pasado (2002) o La chica de la fábrica de cerillas (1990). Al tener desde el principio dos puntos de atención tan marcados por sus protagonistas, durante unos momentos se pierde la tensión, pero una vez que se produce su reunificación, vuelve a recuperar el pulso narrativo. Si de algo se le puede acusar también es del abuso de la música diegética -también usada en otras ocasiones por el finés- pero que aquí paraliza la acción en alguna ocasión y resulta excesiva.

Puede que sea de sus películas menos hieráticas y más llenas de comedia -dos de sus rasgos distintivos-, con incluso momentos de carcajada (que confundida está una de los personajes que dice querer irse a Méjico a tomar sake y bailar el Hula), pero aquí adquieren distintas dimensiones. También vuelve a hacer denuncia de lo mal que funcionan cosas en el mundo que vivimos, con un tono de fábula que se ha convertido en una marca de estilo muy depurada.

Sólo aparecen un puñado de personajes (con algunos actores y su expresividad habitual), pero lo hacen perfectamente dibujados con las escenas en las que aparecen y sus lacónicos diálogos, diciendo las cosas tan en serio que consiguen el efecto contrario.

Seis años después de una de sus películas más reconocidas por un público mayoritario, Le Havre, vuelve el mejor Aki Kaurismäki uno de los directores fundamentales de la actualidad y desde Flores en el Ático os recomendamos que vayáis al cine y no os la perdáis.

 

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