Cine·Críticas de Películas

Crítica de ‘Ira (Wrath)’ de Jota Aronak

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Ira: ¿matarías al asesino de tu hijo?

Una pareja de cineastas independientes están haciendo un documental sobre los castigos en distintas partes del mundo, con la intención de venderlo después a alguna productora. Pero cuando parece que ninguna puerta se va a abrir, un desconocido les hace una aterradora oferta. Les confiesa que va a matar al asesino de su hijo y quiere que lo registren con sus cámaras.

Las dudas del director -uno de ellos abandona al escuchar el ofrecimiento- sobre cómo actuar, son las mismas que acuden a la cabeza del espectador. Qué es verdad de lo que cuenta, será capaz, cómo lo hará, deben denunciarlo a la policía… Estableciéndose así las bases de algo parecido a un thriller de los buenos.

El vengativo padre tiene un macabro y minucioso plan para llevar a cabo su objetivo, librarse o limitar el castigo y de paso poner en tela de juicio el sistema que ha dejado libre a un monstruo.

Pero hay otro tipo de interrogantes (tantas que por momentos llegan a abrumar al espectador) reservadas exclusivamente al público, en el que indaga hasta obligarle a tomar una opción. Sobre el papel de los medios de comunicación, la justicia y sobre si seríamos capaces nosotros de tomarnos la justicia de nuestra mano.

Las imágenes de archivo del inicio ya son desasosegantes- al igual que una espléndida banda sonora obra de Antonio González y 1101vs13– estableciendo un clima que no se abandona. Jota Aronak, mezcla el falso documental, con imágenes de ejecuciones reales y distintas fórmulas narrativas, arriesgando, pero acertando con un montaje vibrante, para mantener la tensión hasta acabar la película.

La pareja protagonista (Nacho Marrako y Urko Olazábal) no son conocidos por el gran público (podría haber sido un problema que hubieran sido actores muy famosos) pero están perfectos. El trabajo de Ana Lambarri (nos reconocía su director que buscaban actores capaces de improvisar) en la elección de casting era vital.

Por poner alguna pega a Ira, el empleo de la cámara al hombro – aunque por otra parte el metalenguaje la justifica plenamente – a veces marea y que hay momentos en los que hay que apartar la mirada por la insoportable violencia más o menos latente, aunque Jora Aronak consigue, con habilidad, no caer en el sensacionalismo y mantener -inteligentemente- en todo momento la pelota en el tejado del público sin posicionarse claramente en ningún bando.

Ira puede ser una buena oportunidad para acercarse a otro tipo de cine. A ver si de una vez el público mayoritario se quita los complejos y se atreve a ver un cine diferente, valiente, sin prejuicios. Y de paso abrir el debate (a lo que ayuda una espléndida campaña de marketing y página web en la que participan los responsables de Ira), sobre el castigo proporcional al delito, la venganza y la propia naturaleza humana.

 

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