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Crítica de ‘Yo, Daniel Blake’ de Ken Loach

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Ken Loach siempre divide al público – no sólo si no compartes sus ideas políticas, que entonces te tiene que horrorizar – si no por su excesivo intento de contagiar sus opiniones, que entonces se le achaca ser propaganda sin demasiados matices.

No será Yo, Daniel Blake la historia que ponga a todos de acuerdo – desde que estrenara su última gran película Mi Nombre es Joe, de la que ya hace casi 20 años y con la que guarda más de un punto en común, no lo consigue con unanimidad-, aunque si es de las veces que sale cara y está más atinado (Sweet Sixteen, El Viento Agita la Cebada) y no cuando se pierde en divagaciones .

Daniel acaba de sufrir un infarto y no puede volver a trabajar, pero al mismo tiempo no le dan el subsidio por desempleo por no cumplir una infinidad de requisitos contradictorios. Es en la oficina de empleo, inmerso en una absurda en inhumana burocracia, donde conoce a una madre de dos hijos con la que entabla una entrañable y protectora amistad.

Loach envuelve a sus personajes en una sucesión de dramas que puede resultar abrumadora y que supone una de las críticas más habituales a sus historias. Pero en esta ocasión puede que tenga la “excusa” perfecta. Y si resulta que es verdad, que no hay otra salida y poner una vía de escape sería alterar lo que tanta gente sufre en su día a día.

Los momentos en los que la historia respira son en los que la gente se une, ya sea entre los principales protagonistas, o con vecinos o gente que sufre lo mismo que ellos y que no duda en aplaudir su valentía, o algo tan sencillo como ceder su sitio en una cola y que parece que contradice las normas. El objetivo del director es el de intentar que la gente se junte y luche por unos objetivos en común, que si no son ya inalcanzables dentro del capitalismo salvaje que dirige nuestras vidas.

La Palma de Oro en Cannes (que ya ganó en 2006) resulta un premio algo excesivo, pero también lo es el estigma que se le ha puesto y que impide ver todo lo bueno que tiene su cine. Es un director indispensable de los últimos 30 años (Lloviendo Piedras, Tierra y Libertad, La Canción de Carla). Alguien tiene que denunciar las cosas que el pone en primer plano (hacerlo con su talento no es tan habitual) aunque muchas veces no nos guste ver nuestro reflejo en el espejo y que la solución podría estar en nosotros mismos.

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