Cine·Críticas de Películas

Crítica de ‘Oro’ de Agustín Díaz Yanes

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Tras la codicia sólo hay dolor y sangre

No estamos como para desperdiciar talento y permitir que Agustín Díaz Yanes sólo dirija 5 películas en 22 años. Es una malísima noticia que el gran esfuerzo que se necesita para levantar un proyecto haga que nuestros mejores directores tengan una carrera tan intermitente.

El primer test que tiene que superar una película histórica es el de la recreación de la época. Oro cumple con buena nota, aunque la dificultad de llegar a la verosimilitud del cine (o series) de Estados Unidos es inmensa. Lo hace mostrando la suciedad, el sudor y la sangre – en la presentación ya aparecen los personajes entre barro y cadáveres -, alejándolo de una estética muchas veces preciosista (también ocurre con frecuencia con el western o las películas que se desarrollan en la Edad Media) que sólo consigue alejarte de la historia que cuentan.

El reparto es absolutamente espectacular. Desde los principales protagonistas hasta el último secundario (mención especial al más desconocido Juan Carlos Aduviri). Aunque esto agudiza uno de los problemas de la película. Muchos personajes aparecen y desaparecen y no están suficientemente desarrollados. Da la sensación que en el montaje se recortó la duración inicialmente prevista. Es una lástima porque la historia parece avanzar a trompicones (el recurso del escribano del rey que funciona como narrador se abandona en ocasiones). Al ser una especie de road movie (toda la película es un mismo viaje) necesitaba más tiempo para entender el cansancio y la rebelión del batallón. A pesar de esto Díaz Yanes ha sido valiente al hacer una película sin flashback o idas y venidas de la selva como en la reciente La ciudad perdida Z de James Gray (con la que tiene mucho que ver), que aligeraba el peso de la historia para el espectador, haciéndola más digerible pero también menos intensa.

Dos momentos sobresalen por la emoción y el calado de su mensaje. Uno tiene como protagonistas a Jose Coronado y al indígena que les sirve de guía. El español le dice cual es su pueblo y que hace 10 años que no ve a su mujer y le pregunta al indio. Este responde que su pueblo ya no existe y que su mujer está muerta. Coronado le pregunta si han sido ellos y el guía simplemente asiente. Y la charla con Juan Diego, un veterano expedicionario que se había asentado en un poblado. Martín Dávila, el personaje interpretado por Raúl Arévalo le dice que esa no es forma de vivir para un cristiano y el le responde que “para este cristiano si”.

El poder y la ambición desmedida sólo tienen detrás la sangre y sufrimiento de los pueblos, tanto los que son víctima directa, como de los que engañados por los que manejan los hilos (en este caso los reyes que son los que disfrutan de ese “oro“) son el brazo ejecutor.

El final tiene también la fuerza de los mejores momentos del cine de Díaz Yanes. Se llega al final del camino y se demuestra que ese “oro” no existe pero Martín Dávila mira directamente a cámara desafiante. Sabemos que en el mundo se seguirá buscando la riqueza y la fama pese a quien pese.

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